jueves, 12 de junio de 2008

Hilaria . (Novela). Cap. 1

Había en mi familia un mito que circulaba desde siempre, como circulan y se transmiten los mitos. Era el de Hilaria. Los más chicos de los primos no sabíamos bien por qué pero cuando alguien tocaba el tema o la nombraba , se hacía un silencio abrumador.
Sólo a través de las hendijas de la puerta podíamos a veces escuchar comentarios. No nos explicábamos qué cosa tan grave podía haber sucedido con ella para que tanto misterio la rodeara, aún sabiendo que vivía en la ciudad de Buenos Aires nadie , que supiéramos, la había visto desde hacía por lo menos unos veinte años.
Entre los chicos íbamos armando una historia escabrosa. Sabíamos que había gastado buena parte de la fortuna de su marido no el modo como eso se produjo pero leíamos la indignación en las miradas de todas las tías y era suficiente. Había quedado embarazada siendo soltera, ambos habían tenido una luna de miel asombrosamente larga; tan larga que , en broma ,cuando alguien se refería a una luna de miel , aclaraba "imagínense una luna de miel como la de esos parientes, que mejor no nombrar".
Unos seis meses después de haberse casado volvieron a la casa del campo de toda la familia con un
niño recién nacido, según dijeron, aunque, a juzgar por su madurez parecía bastante más crecido.
Siempre creímos que el escándalo se produjo cuando el niño tendría unos tres años e Hilaria abandonó a su esposo y al nene y se fue, enamoradísima, siguiendo a un peón.
Eran todas conjeturas y no estábamos muy seguros de ninguna, incluso algunas se contradecían
pero en lo que nadie dudaba era en que ella era elegante, (o lo había sido), esbelta y de modales afrancesados.Recibía los catálogos de moda de Paris y encargaba sus trajes finísimos a las tiendas de Avenue Foch y sus sombreros a un diseñador muy conocido de los Champs Elysées. Pronunciábamos con fruición esos nombres que nos transportaban como en una alfombra mágica a esos lugares remotos.
Nos encantaba mirar fotografías de aquel entonces e imitarla. Hasta habían quedado zapatos suyos
en la piecita que servía de desván que era nuestro centro de operaciones a la hora en que los grandes dormían la siesta y montábamos sobre ese calzado finísimo con muy poco uso para parecernos a ella.

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