jueves, 5 de junio de 2008

Proyección al infinito (cuento)

Vamos a suponer que los carteles pegados a las vidrieras de la farmacia cerrada desde hacía una década hayan terminado por cansarlo y se decidiera finalmente a acabar de una vez por todas con la pegatina para, al fin de cuentas, poder mirar a través de los vidrios y que la luz, por tantos años negada a esa parte de la casa, se filtrara con el calor irradiado y se observaran los movimientos de la calle que en esa esquina son particularmente intensos.


No digo que le haya sido fácil tomar la decisión y comenzar a arrancar esos papeles después de humedecidos con la esponja que se sumergía en el balde después de cada pasada.


No debe haber resuelto estos ademanes sin oponer varios reparos, sin examinar la conveniencia o no de dar el paso, pensar sobre todo en lo de afuera, porque ahora habría un afuera y ojos, muchos ojos que mirarían con curiosidad, que pondrían la mano perpendicular al vidrio y acercrían la frente hasta tocar el vidrio para que el reflejo intenso no les impidiera ver lo quetanto tiempo les fue vedado: el interior de la farmacia que cerró sus puertas cuando cerró sus párpados el farmaceutico. Ahora su hijo parecía despertar de nuevo a la vida


No hay en el barrio quien ignore que en todos estos años sólo ocasionalmente se veía al hmbre, sin otras señas que las de "hijo del farmaceútico" que históricamente había atendio en esa esquina hasta el momento de su muerte. En esas contadas ocasiones en que salía, el hombre realizaba exiguas compras de elementos de primera necesidad e ingresaba presuroso a su domicilio, adyacente a la farmacia, edificio cada vez más decrépito y empapelado de anuncios que periodícamente eran tapados por otros que irremisiblemente serían ocultados por otros nuevos.


En esos años puertas adentro prácticamente no tuvo comunicación con la gente: vivía solo, se sabía que no salía nunca y jamás entraba persona alguna al lugar.


Vamos a suponer que no tuvo en esa década pasada en soledad ninguna necesidad de trabajar, ya que su padre había acumulado un buen capital de modo que le permitiera vivir bastate bien sinhacer esfuerzos.


Ese día finalmente asomó las narices y puso manos a la obra. Con energía, con fe, con pasión fue despegando uno a uno los fragmentos de papel del vidrio y limpió aquello que más costaba, esos pedacitos adheridos por el pegamento que tanto enturbiaban la visión hacia adentro


Al final, la limpieza dejó de ser noticia y ya todos se fueron acostumbrando a la transparencia de las vidrieras y sólo alguno que otro se detenía a mirar para adentro y adivinar los años de clausura del lugar, a juzgar por el polvo acumulado en los estantes y en el escritorio o en los anaqueles. Pronto también el hijo del farmaceútico arremetió con el deorden interior del local. primero lavó los pisos, sacudió las cortinas, repasó y lustró los mostradores viejos de madera lustrada, ahora con un brillo ahogado que no terminaba de mostrarse..


Si alguien hubiera observado detenidamente hubiera visto al hombre atareado ,en sus momentos de descanso ,observar fotografías que sacaba de unas cajas polvorientas, donde se hallaban ordenadas prolijamente por fecha.. Las pasaba minuciosamente por un proyector de diapositivas, las volvía a mirar, las desechaba o las acomodaba en una pila donde iban a parar las que seleccionaba. Repetía estos movimientos a lo largo de muchas horas, absorto.


Si alguien, como dije, hubiera sabido ver, quizá habría podido evitar lo sucedido pero no es fácil anticiparse.


Comenzó a proyectar las fotografías sobre la pared blanca que se ve detrás de la vetusta caja registradora que su padre administraba con recelo y estaba situada en el ángulo derecho según se entra desde la calle.


Al ver las fotos, especialmente una, de una magnífica definición, podía uno pensar que el farmaceútico en realidad estaba vivo en ese rincón donde lo que se proyectaba era su imagen como un holograma. Tenía una expresión tan despectiva como la que lo había acompañado en su vida de comerciante, en su rol de farmaceútico de barrio de ciudad grande, distante y apático.


Si bien es verdad que se extrañó su presencia fue más por la costumbre o el hábito de verlo ahí, en su puesto, que por el contacto o el vínculo con sus clientes.


Una mañana, el hijo (dicen los que lo vieron salir) se preparó y se vistió con más cuidado que nunca, afeitado y limpio cruzó la calle pero, para sorpresa de los más atentos, rehizo en seguida el camino hacia la farmacia de nuevo pero mirándola de frente ahora y viendo que los autos comenzaban a acelerar (porque el semáforo les daba permiso) aceleró él también el paso, siempre mirando a la farmacia y más adentro donde la imagen de su padre tan real se proyectaba como si estuviera vivo y sentado para siempre en su taburete frente a la caja, última mirada del hijo hacia el padre (ahora soy yo el que te deja) que seguía proyectado al infinito y él se iría con esa última mirada para que esa última visión, la de su padre, como antes en ese trono, fuera suya para siempre.

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