Plena canícula. Tres de la tarde. No se puede ir al tanque porque el sol está muy fuerte. Los grandes duermen. Los chicos jugamos en el cuarto de afuera. Nuestras edades van de los ocho a los dieciseis. Esta fresquito.
Nos dejan abrir los baúles o mejor los han liberado de los candados por lo que intuimos que tenemos libertad para fizgonear todo lo que queremos.
Las chicas nos probamos los vestidos detrás del biombo. Nos sacamos las blusas y los corpiños
que quedan colgados en la parte superior. Los chicos se ríen, intentan mirarnos, hacen chistes sobre los sostenes. Los retamos pero nos gusta el clima reinante. Es raro lo que pasa, no entendemos bien pero los sentidos disfrutan el momento exquisito del goce.
Desfilamos delante de los chicos que nos miran absortos. Las transparencias, los escotes, las enaguas de encaje, los tacones que se clavan en el piso de madera. Es el baúl prohibido de Hilaria, lo que dejó, que no quiso llevar a su nueva vida , lo que quedó como un resabio de gusto amargo para los otros. Para nosotros era la golosina del disfrute.
los otros
sábado, 26 de julio de 2008
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