Cuatro mujeres extendiendo su vista hacia atrás y desplegando la historia como un rizoma. Hay puntos oscuros que no se entienden. Las perspectivas se pierden en otros puntos de fuga.
Saben que el hijo de Hilaria y León, el padre de las chicas que ahora están reunidas en el bar de Liniers, volvió ya hecho un muchacho al campo. Había ingresado a la Marina Mercante. Llevaba uniforme cuando llegó en el tren y lo fueron a buscar a la estación de Quenulá. Dejó a todos muy bien impresionados. Parecía haberse encarrilado y demostrar a la familia que sería un hombre de bien.
En la estación- se comentaba después- las muchachas sólo tenían ojos para él. Epocas en que la llegada del tren a un pueblo del interior era el suceso esperado del día y las chicas se ponían sus mejores vestidos de calle y se maquillaban para ir en grupos a ver llegar a los forasteros porque
quizá alguno de los recién llegados fueran una promesa para levantar vuelo y encontrar otros horizontes.
Esto es lo que se sabía del lado de acá de la familia. Del otro lado, del lado de las primas, las nietas de Hilaria, las hijas del muchacho de la Marina Mercante se sabían otras cosas. Se sabía que él, en efecto, había ido al campo, que al principio no lo habían recibido mal pero que unos días después le empezaron a enrostrar lo de Hilaria, su madre y la huida con ese peón (que fue después su padrastro) y cómo lo acontecido causó estragos en la familia que terminó estando en la boca de todos. Sabían que por eso él había resuelto volver a Buenos Aires y no volver nunca más al campo.
Pero del lado de acá había que juntar retazos dispersos, caminar a tientas porque había que buscar fragmentos de diálogos, confesiones escuchadas detrás de las puertas, voces dispares que venían de la infancia. Susurros en la siesta que inquietaban y que a la hora de buscar las fuentes, esas fuentes eran inciertas.
Del lado de acá lo que había pasado no se podía nombrar.
sábado, 26 de julio de 2008
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